September 22, 2021

“Dune” de Lynch, en 1984, una obra extravagante y maltratada, entre grandiosa y kitsch

TCM CINEMA – MARTES 14 DE SEPTIEMBRE A LAS 8.50 P.M. – PELÍCULA

Entonces que Duna, una saga de ciencia ficción imaginada por el novelista Frank Herbert, está a punto de hacer su gran regreso bajo el liderazgo del director canadiense Denis Villeneuve, con Timothée Chalamet en el papel principal, también podemos mirar la versión anterior de Hollywood, producida en 1984 por un joven David Lynch entonces de 36 años, recién coronado con el éxito deHombre elefante.

Costosa locura de producción y, a su llegada, un horno resonante, repudiado por su propio director, esta primera adaptación de la novela publicada en 1965 arrastra un aura de maldición y hace tiempo que el universo de Herbert ha pasado por inadecuado.

Sin embargo, vista hoy, la película no está exenta de encanto y belleza. Al tener que cribar a través del largometraje un universo rebosante, David Lynch opta por una forma de esoterismo, una historia llena de misterios y opacidades donde no es necesario entenderlo todo. Si no lo esencial: el enfrentamiento de dos casas, los Atreides y los Harkonnen, por la posesión del planeta Arrakis, donde se recolecta la Especia, sustancia preciosa que asegura la longevidad y permite viajar en el espacio. Paul (Kyle MacLachlan), heredero del primero, descubre, en contacto psicotrópico con el segundo, una vocación mesiánica con los Fremen, un pueblo indígena que vive en las vastas regiones desérticas de la estrella en cuestión, atravesado por gusanos gigantes.

Oscuridad orgánica

Donde la película de Villeneuve lleva la pancarta totalmente digital, la de Lynch da testimonio de una época en que los decorados ciclópeos se construían “en duro”, donde los modelos flotantes, los efectos especiales artesanales y las incrustaciones en bruto abrían tantas posibilidades … brechas de la imaginación. Duna 1984 está repleto en este sentido de hallazgos, de pasajes notables, que funcionan mucho mejor en detalle, frente a su objetivo épico generalmente fallido.

La lógica de los sueños y las pesadillas, los pensamientos (susurrados en voz en off) y las sensaciones, teje sobre el espectacular vestuario de la película, demasiado amplio, un precioso dobladillo íntimo y subjetivo. Escudos geométricos, un embrión que se agita en los flancos de la reina madre, vasos estelares, inmensidades arenosas constituyen aquí un asombroso breviario de poesía trascendente. El conjunto no está desprovisto de una negrura orgánica, como las escenas que tocan al barón Harkonnen (Kenneth McMillan), villano repugnante con el rostro salpicado de pústulas, y sus secuaces, incluido uno interpretado por el cantante Sting, quien luego se prepara para embarcarse en un carrera en solitario tras la disolución de su grupo, The Police.

Si se acepta que Duna se concibe como un “viaje” llevado por su especia planeadora, su horizonte es el de un neo-orientalismo típico de la década de 1980. Su fábula con acentos ecológicos y new age puede entenderse efectivamente como la del Occidente enfermo que viene a regenerarse en contacto con Oriente y su misticismo. Un trabajo extravagante y maltratado, que oscila entre lo grandioso y lo kitsch, Duna cree sobre todo en la magia de las imágenes, de las que orquesta una especie de feria iluminada. Un buen motivo para redescubrirlo.

Duna, por David Lynch. Con Kyle MacLachlan, Sean Young, Francesca Annis, Sting, Max von Sydow (UE-México, 1984, 137 min). TCM Cinéma en myCanal.