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August 4, 2021

Tocar bonito, vivir feo: Chet Baker

Parece que Chet Baker, que fue un nómada en toda regla pero que se sentía especialmente a gusto y querido en Italia, tuvo una vez ocasión de saludar a Romano Mussolini. Para diversión de sus colegas, Chet le dijo al hijo del dictador ejecutado: “Oye, qué putada lo de tu viejo”. Real o no, la anécdota denota uno de los rasgos del trompetista, su capacidad para vivir en un burbuja de la que salir solo para las pocas cosas que le interesaban: la música, los coches, las mujeres, las drogas. De hecho, si cambiamos los cadillacs por las mentiras, esa habilidad innata del genuino buscavidas, tendríamos, en verdad, los cuatro impulsos de su tremebunda existencia, los cuatro movimientos de una sinfonía vital que nos dejó románticas baladas, una madre torturada, conciertos inolvidables, sufridas amantes, esposas e hijos… Belleza y violencia. Sensibilidad y crueldad.

Leyendo En lo profundo de un sueño, la exhaustiva biografía del músico escrita por James Gavin, cuesta creer que el mismo tipo que cantaba de forma tan sutil y delicada Me enamoro muy facilmente O Me va muy bien sin ti pudiera comportarse de manera tan mezquina y arrogante y hacerlo además tantas veces durante una vida, eso sí, tan marcada por su condición de yonqui.

Cuando en el más tramposo que morboso documental sobre su figura, Vamos a perdernos, de Bruce Weber, es preguntado por su viaje favorito con las drogas, no parece dudar ni un instante en su respuesta y no cuesta nada creerle: “El tipo de viaje que daría miedo a los demás: speedball, esa mezcla de cocaína y heroína”.

Me va muy bien sin ti

Pero Baker no está en los manuales de jazz ni en las discotecas de los aficionados al género por una biografía tan atropellada y cinematográfica, ni siquiera por ser tan fotogénico cortesía en buena parte de su descubridor en esta materia, William Claxton. El legendario fotógrafo tenía, desde luego, un ojo especial para detectar a los tipos de aspecto más frio del planeta ya sea en el cine, como Steve McQueen, otro príncipe de lo frio, o en la música con todas esas instantáneas que consiguió sacarle a Baker cuando aún era un ángel con dientes y gustaba a las chicas igual o más que James Dean.

Recordando aquellas sesiones, Claxton habló de aquel chaval de Oklahoma como un imán, como alguien con mucho carisma y el encanto añadido de no ser muy consciente aún de tenerlo. En esa maravilla de canción y versión que es Pero no para mí Baker mentía cuando cantaba que había ahí arriba una estrella de la suerte pero que no era para él. Había varias y eran todas para él.

Pero no para mí

Baker forma parte de la historia del jazz por méritos propios como trompetista y cantante. Como Miles Davis, Baker tocó con el gigante del be-bop Charlie Parker; como Miles Davis, se dio cuenta de aquella expresión de vértigo, ruido y furia no era la suya; como Miles Davis, se apropió de Mi gracioso San Valentín como tema fetiche para
probar hasta dónde podía llevar su talento lírico; como Miles Davis, tuvo claro que con su trompeta podía decir en una frase lo que otros dicen en varios párrafos; pero a diferencia de Miles Davis, Baker no fue nunca un visionario y apenas se movió del mismo sitio durante toda su carrera. Seguramente para disfrute de sus seguidores más fieles.

Mi gracioso San Valentín

Tanto Davis como Baker fueron punta de lanza del frio como respuesta a la tormenta del be-bop que encarnaban sus idolatrados Parker y Dizzy Gillespie. La escuela del frio, con ritmos tranquilos, arreglos suaves y un mayor protagonismo de la melodía, era para todos los públicos y fue el estilo en el que mejor nadó nunca Baker.

Miles, en cambio, tenía demasiadas ideas en la cabeza para seguir mucho tiempo en aquella piscina. Así que el reinado de la nueva sensación del jazz se lo podía disputar Baker con Stan Getz, Dave Brubeck o con su pareja en los escenarios en los primeros años cincuenta, el saxo barítono Gerry Mulligan cuando aquel formó parte de su cuarteto.

Con Mulligan, un superdotado para dar lo mejor de sí mismo en multitud de colaboraciones estelares (Lee Konitz, Stan Getz, Ben Webster…), Baker acabó mal. Todas las movidas entre ambos están detalladas en el libro de Gavin. “A Mulligan le parecía inconcebible que Baker pasara tanto tiempo esquiando, nadando y haciendo excursiones y que después tocara en el Haig sin ningún calentamiento previo”. Antes de dejar de hablarse, de aquella “conexión musical casi mística” quedaron registrados temas ya clásicos como Noches en el tocadiscos, autopista, Zapatos para caminar O Línea para Lyon.

Línea para Lyon

Como músico, Baker tuvo las mejores y las peores críticas. Fascinó a los brasileños que como Joao Gilberto iban a liderar el nacimiento de la Bossa nova a finales de los cincuenta. Creadores eruditos como Caetano Veloso lo declararon una influencia y Elvis Costello no paró hasta poder colaborar con él. El inglés acabaría componiendo una joya como Casi azul inspirado en su manera de interpretar.

Casi azul

La de Gavin es una biografía prolija porque apenas se deja un trozo del calendario sin escudriñar y porque ha hablado con mucha gente y todos tienen una historia sobre Chet, casi siempre triste.

Fotografía utilizada para el cartel de la película Vamos a perdernos, el Bruce Weber.

Fue un niño maltratado por su padre y mimado por su madre. Un crío al que llamaban Chettie, que se le daban bien los deportes y le gustaba cantar las canciones de la radio que memorizaba con solo escucharlas un par de veces. Un adolescente al que se rifaban las chicas más atractivas pero incapaz, desde sus primeras relaciones, de mostrarse estable oscilando siempre, como resume Gavin, “entre la necesidad de cuidado maternal y la desconfianza paranoica, siempre viéndose a sí mismo como una víctima”, y si no que se lo digan a Charlaine, Halima, Carol, Diane y Ruth, las mujeres que más le disfrutaron y padecieron. Un joven que descubre que su manera de cantar casi andrógina y bastante despojada, melancólica y suave, con sonidos tan frágiles y sensibles como los de su trompeta, le iban a permitir, como así fue, llegar a un público más amplio, mayormente femenino.

Fue un adulto problemático y temerario, con una firme pulsión autodestructiva, que encuentra en la velocidad de los coches y el consumo de drogas una manera de sentirse vivo pero con demasiados efectos secundarios para él y su entorno más cercano. Un padre sin madera de padre, incapaz de cuidar de nadie empezando por él mismo, pero con una hermosa filosofía de vida para los suyos: “Trato de inculcar a mis hijos –dijo – que una buena forma de vivir es encontrar algo que realmente disfruten hacer y que luego aprendan a hacerlo mejor que nadie”. Un tipo ya decrépito con solo cincuenta años que parecía, a tenor de lo que vemos en la película documental Vamos a perdernos, el hermano de su anciana madre pero que aun así seguía resultando extrañamente fotogénico. Un superviviente nato que acabó solo y muerto en la calle tras caerse por la ventana de un hotel de Ámsterdam pero que pudo decir al mundo con autoridad eso de que un solo año de mi vida vale por muchos de las vuestras.

Pocos fueron tan libres como él y pocos como él pasaron tanto tiempo de su vida prisioneros de una adicción. Cuanto de feo hubo en la biografía de este Rimbaud del jazz, como le definió un periodista italiano, se desvanece en cuanto escuchamos una vez más el hermoso lamento de su trompeta.

Diane