September 23, 2021

Tres perlas en el menú del jazz para el disfrute

Una imagen. En 1999, luego de una actuación excepcional de Nina Simone en Londres –presentada al público por Nick Cave–, Warren Ellis, violinista y arreglador del grupo de Cave, The Bad Seeds, en estado de conmoción total por el concierto, subió al escenario y tomó el chicle de Miss Simone del piano. Lo envolvió en la toalla de escenario de la diva y lo puso en una bolsa. El músico lo conservó como un tótem y lo colocó en una vitrina. Hoy es el motivo del libro de Ellis, Chicle de Nina Simone (el chicle de Nina Simone) que se edita a comienzos de septiembre y que, según el e-mail de prensa, “ilumina cómo algo tan pequeño puede formar hermosas conexiones entre las personas”.

Foto de Nina Simone del documental “¿Qué pasó, señorita Simone?”. La película fue nominada al Oscar al mejor largometraje documental el jueves 14 de enero de 2016. AP.

Si esta imagen de un músico venerando algo tan anodino como un chicle es tan poderosa como anti-mariekondista (esa nueva religión que nos dice que hay que descartar todo lo que no tenga un propósito), justo es decir que hoy la música de Nina Simone, también le debe a las imágenes. Reediciones, documentales, remixes y hoy el asombroso disco doble Los años de Montreux son parte de un reconocimiento que antes y durante maduró en la pantalla chica y grande.

¿Cómo olvidar sino la escena final de Antes del atardecer, esa saga donde los protagonistas envejecen a medida que pasa el tiempo real, en la que Jesse y Celine, durante tanto tiempo separados, hablan sobre Nina Simone (y se miran) suena su clásico “Just in time”?

También una serie como El cuento de la criada haría uso de la grandeza de la diva en el final apoteósico de la primera temporada con la rabia solapada de la canción “Feeling good” (”¡es un nuevo amanecer, es un nuevo día, es una vida para mí, yeah!”). O también el filme Nadie, locomotora de violencia y diversión que por suerte se estrena en pantalla grande en estos días y que nos deleita en su banda de sonido con “Don’t let me be misunderstood”.

Las tres Ninas

Las tres utilizaron clásicos de Nina y representan tres Ninas clásicas: el amor, la rebeldía y la diversión. Como dijo el saxofonista Sonny Rollins (que usaba cresta punk 20 años antes que los Sex Pistols), “si Nina es cantante de jazz, no comprendo qué querrá decir tal cosa”. Y Los años de Montreux, viene a comprobar nuevamente que Nina Simone era muchas cosas a la vez. En el nombre artístico de la mujer nacida como Eunice K. Waymon en Carolina del norte, armonizaban (con disonancia sí y con armonía también), la “niña” y el homenaje a la actriz Simone Signoret. Una forma de combinar ternura y existencialismo político.

Nina Simone, en una playa de Tel Aviv el 2 de enero de 1978.  [AP Photo/File]

Nina Simone, en una playa de Tel Aviv el 2 de enero de 1978. [AP Photo/File]

Cuatro veces se presentó Nina Simone en el festival de jazz más famoso del mundo en la ciudad suiza y este álbum contiene al menos una canción de cada presentación, y todo el segundo disco al show de 1968. La mayoría de estas grabaciones, a duras penas se conseguían, y con un sonido pobre salido de grabaciones de TV. Pero ahora es posible escuchar en vivo, con perfecto sonido, a una cantante que fue preparada desde los 5 años para ser la gran concertista negra de piano y que la segregada de EE.UU. no se lo permitió.

Como Ella Fitzgerald o Billie Holiday, Nina interpretaba blues y jazz, pero le sumó a su repertorio folk, gospel, soul y country-blues (esa suerte de folclore yanqui). Nina es y no es jazz. Más bien habría que ubicarla entre las canciones de Los Muppets, las gemas de la artista Laura Nyro o los discos del grupo The Band: belleza whitmaniana y americana a lo largo y a lo ancho de su país, que contempla todos los géneros.

La artista de ojos serenos como los de Ghandi y de labios cargados para dinamitar sus canciones más políticas, aquí interpreta algunas de las más representativas que compuso para la lucha por los derechos civiles. “Backlash blues” (música de Simone, con letra del poeta y pionero del activismo intelectual negro, Langston Hughes) es transparente en este sentido: Señor reaccionario / ¿Quién te creeés que soy ? / Subís mis impuestos, congelás mi salario / y mandas a mi hijo a Vietnam.

O la extraordinaria “Cuatro mujeres” también de su autoría en la que, rashomónica, fragmenta la historia de la negritud en América en la voz y testimonio de cuatro mujeres negras. Una obra que habla del tiempo y que en su polifonía y estructura se asemeja curiosamente a gemas de Chico Buarque relatadas desde un yo femenino, como “Teresinha”.

Nina Simone en una foto de 1993. [AP Photo]

Nina Simone en una foto de 1993. [AP Photo]

Artista de su tiempo

Miss Simone en todo este disco doble demuestra (cómo los personajes/personas de Antes del atardecer), lo que significa ser una artista de su tiempo: interpreta una hermosa versión de “No woman, no cry” de Bob Marley, menciona entre canción y canción a Los Rolling Stones y a Odetta (otra genia de la canción folk, desgraciadamente menos reconocida) y deja su lado más rockero para las últimas canciones del disco 2: “Ain’t Got No, I got Life” del musical hair que prácticamente hizo suya. Y antes antes canciones de Jacques Brel, del pop de los 60, o afro de su periodo de auto-exilio en Barbados y Liberia. Y por supuesto, “Just in time”.

Nina, camaleónica (sus finos dedos que podían convertirse en garras dominando el piano, sus ojos enormes y globosos, su lengua de fuego para cantar injusticias que le costaron prohibiciones en la radio), metamorfoseaba las canciones, las hacía propias. Con justicia llamaba a David Bowie “su amigo” (buscar en Youtube la presentación de Montreux 76, cuando se para en el escenario para preguntar, casi amenazante, si Bowie está entre el público). The Montreux years también es una manera de conocer la obra de una de las más grandes artistas del siglo pasado.

Otra imagen que conecta con la música: la docu-serie Finge que es una ciudad sobre la newyorker serial, periodista, escritora y crítica cultural Fran Lebowitz en la que recuerda a su amigo Charles Mingus. Del genio del contrabajo, el que se educó tocando en las orquestas de Duke y Louis Armstrong, acaba de relanzarse En vivo en el Carnegie Hall – Edición Deluxe, un álbum que lleva a 7 composiciones las apenas 2 (una por cada lado del vinilo) que contenía su versión original, grabado en el famoso teatro en 1974.

Charles Mingus toca al aire libre en Manhattan, en julio de 1976

Charles Mingus toca al aire libre en Manhattan, en julio de 1976

Y aquí sí, “todo es política”, fiesta de gospel-shout y por momentos un free-jazz (pero recetado para amantes del swing) con los notorios aullidos de Mingus y favoritos como “Fable of Faubus” (sobre el abominable gobernador de Arkansas que se oponía a las escuelas integradas a fines de los 50). Otras joyas que lo integran son Peggy’s Blue Skylight y el standard “Perdido”. En una época en que el jazz ya había pasado al lado oscuro de la fuerza, convertido a la moda de la fusión (jazz + rock o + cualquier otro género) y perdiendo, vale decir, oscuridad y fuerza (dos síntomas ineludibles del jazz) Mingus, jedi del jazz sobreviviente, aún daba lecciones de furia y delicadeza.

Para la antología es la batalla de saxos en “Perdido” entre Roland Kirk y John Handy en un disco de dos horas incendiarias de música. Si es cierto el mito (nunca comprobado) de que en algunos conciertos Mingus terminaba destrozando su contrabajo (gesto que luego imitaría el rock y en especial el guitarrista Pete Townshend), este es un disco en vivo de jazz equivalente al famoso Vivir en Leeds de The Who. O al revés… cosas del tiempo.

Bill Evans

La imagen final que nos queda en esta serie de lanzamientos de jazz, es la del rostro barbado de Bill Evans. El más importante pianista de jazz de la historia, el que inventó una nueva interacción (sutil, aireada, invisible) entre su instrumento y la batería y el contrabajo. Evans, cuyas faros y espectros se oyen latir detrás de los discos de Herbie Hancock, Keith Jarrett o Brad Mehldu se corona también en estos días con un fabuloso box-set. Que, como todos los mencionados, también puede escucharse en las plataformas de streaming.

Y lo sugerente de Todo el mundo todavía adora a bill evans: una retrospectiva de su carrera (1956–1980), no solo es su curaduría de obras de sus discos en trío (incluyendo la época de “Waltz for Debby” junto al contrabajista Scott LaFaro y el percusionista Paul Motian) y en piano solo, ahora re-titulados ingeniosamente para esta compilación como Triálogos y monólogos, sino además sus participaciones en duetos.

Con el guitarrista Jim Hall, por ejemplo. O la gloria divina de las grabaciones junto al crooner Tonny Bennett. Pero aún hay más: el quinto disco de esta selección corona el recorrido total de casi cuatro décadas del artista con una grabación en vivo totalmente inédita. Es en formato trío, junto a Eddie Gomez en contrabajo y Eliot Zigmund en percusión, grabado en vivo en 1975 en Vancouver.

Miles Davis y Bill Evans, en el estudio de la Calle 30 de Nueva York, grabando el disco que cambiaría la historia del jazz. 1959.

Miles Davis y Bill Evans, en el estudio de la Calle 30 de Nueva York, grabando el disco que cambiaría la historia del jazz. 1959.

De impecable sonido se distinguen Nardis (de Miles), una trepidante T.T.T. (Twelve tones tune) y el standard “How deep is the ocean” En tiempos en los que nos vemos aguijoneados por un acceso infinito a tanta música que nos apresa al celular sin decidirnos por nada (pero maldición: la intención era salirse de él y escuchar algo de música), como el relato de Cortazar sobre el reloj, acaso estas tres propuestas de música americana sean también otras instrucciones. Suspenden un poco el trajín diario, nos hacen olvidar horarios (o las salidas de los aviones como en Antes del atardecer) y las canciones, las piezas de estos discos “iluminan cómo algo tan pequeño puede formar hermosas conexiones entre las personas”. Justo a tiempo.

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