October 19, 2021

Shirley Davis, una historia de racismo y superación | Madrid

Hemos marcado el número de teléfono de Shirley Davis para ahondar en su faceta como estrella internacional del alma, ahora que este sábado asistiremos en Alcalá de Henares a su reaparición sobre los escenarios después de año y medio de barbecho. Pero quizá debería contactarla algún guionista de series de Netflix. Porque la suya es –y aquí intentaremos dar fe– una vida que da para unos cuantos capítulos.

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Londinense de humildísimos orígenes jamaicanos. Casada en primeras nupcias a los 16 años. Madre soltera con apenas 21. Emigrante en Melbourne (Australia), justo en el otro extremo del globo terráqueo. Y cantante vocacional, intuición pura, de esas que acaba abriéndose paso porque el destino a veces también concede alguna tregua y propicia encuentros afortunados. Su madrina fue la añorada Sharon Jones, fallecida en 2016 y uno de los talentos más flamígeros que conoció la música negra durante los tres primeros lustros de este siglo. La primera vez que escuchó a Shirley, la lideresa de los inolvidables The Dap-Kings se quedó atónita. La segunda fue para invitarla a que cantase con ella en el Circo Price. Desde aquella feliz casualidad, Davis ha registrado con el sello madrileño Tucxone Records un par de discazos, Rosa negro (2016) y Deseos y deseos (2018), además de un tercero, Mantente adelante, que tenía casi finiquitado antes del descalabro pandémico y que verá finalmente la luz durante estos últimos meses del año.

Nada ha resultado sencillo en el periplo de la vida para una muchacha cuyo primerísimo recuerdo de infancia es, a los cuatro años, el de unos niños lanzándole cerillas por todo el cuerpo. “Fueron seis adolescentes cabezas rapadas, o eso me explicaron luego”, rememora aún conmovida a día de hoy, a sus flamantes 47 primaveras. “Aquel día, mi madre no solo curó las heridas de mi piel, sino que me enseñó a gritar y enfurecerme, a maldecir lo que había sucedido”. Enseñanzas urgentes, terribles y necesarias: ser negro te convertía en diferente en aquella Inglaterra ya casi abocada a los largos años bajo la mano férrea del tatcherismo.

Pero no todo era negativo. La niña Shirley crecía a menos de una manzana del estadio de Wembley, y eso equivalía a ser de alguna manera testigo –por mucho que se interpusieran el hormigón y las gradas– de los más importantes acontecimientos musicales que acaecían sobre suelo británico. “Que nadie se ponga celoso con lo que voy a decir”, sonríe, “pero mi lista de conciertos gratuitos de la época incluye a Pink Floyd, los Rolling Stones, Chaka Khan, Michael [Jackson], Stevie [Wonder] o Whitney [Houston]. Estuve en el Live Aid de 1985, muy concentrada todo el día desde mi habitación; en el festival para la liberación de Mandela, en la celebración posterior por su salida de la cárcel… ¡Y podría seguir!”.

Ni siquiera le hacía falta enchufar a todas horas la radio. El quién es quién de la música mundial desfilaba no ante los ojos de Shirley, pero sí frente a sus oídos. ¿Cómo no se le iba a avivar la curiosidad melómana? “Tenía apenas cinco años cuando me di cuenta de que vivía obsesionada con Kate Bush”, reconoce divertida. Eran los tiempos en que aquella turbadora posadolescente de voz agudísima desplegaba el hechizo de Cumbres borrascosas O Guau, canciones raras y muy bellas, distintas a cualquier otra cosa antes conocida. Davis era capaz de reproducir aquellas melodías de tesitura endiablada. Pero la sensación de desarraigo –¿qué hacía una medio jamaicana en aquel Londres hostil?– y el aturdimiento propio de los años bisoños le llevaron, en 1990, a tomar una decisión probablemente atolondrada.

La artista Shirley Davis posa para una foto.tucxone

“¡Me casé!”, exclama asumiendo la inevitabilidad de la sorpresa. “Fue en Escocia. Nos mudamos a Melboune, en la otra punta del mundo. Acabé los estudios en una escuela para adultos. Me saqué el carnet de conducir. Y celebré mi vigésimo primer cumpleaños con un bebé de tres meses sobre las rodillas…, pero ya como madre soltera”. La vida, en cualquier caso, la había enseñado a ser valiente. Un amigo le preguntó que cómo haría para sacar a la chiquilla adelante. Y ella respondió, con nula experiencia y sin un solo contacto, pero segurísima de sus posibilidades: “Voy a ponerme a cantar”.

Aquella criatura, Yasmin Jeffery, terminaría estudiando en la universidad de Westminster y en la London School of Economics. Acaba de cumplir 26 añazos. Su mamá supo concretar la promesa de darle una vida mejor que la suya. “Decir que estoy más que orgullosa de ella es quedarme corta”, insiste Shirley. Yasmin reside desde hace tres temporadas en Brisbane (¡otro viaje a tierras australianas!), donde ejerce como corresponsal de la cadena televisiva ABC. Mamá dice que escribe como los ángeles, pero que también podría dedicarse a la canción. “Nos vuelve locas cantar y bailar juntas. Tiene una voz preciosa, pero solo he podido convencerla una vez para que se subiese al escenario conmigo. Fue a los 16. Quizá ella no quiera confesarlo, pero… ¡tengo la foto que lo demuestra!”. Y ríe a carcajadas.

Porque Shirley Davis es hoy, al fin, una mujer risueña. Tuvo el coraje de montar su primera banda, The Grand Wazoo, desde la mayor de las inexperiencias. Con ellos fue capaz de aprenderse un repertorio de 300 clásicos del alma de todos los tiempos. Cuando supo que Sharon Jones emprendería una gira australiana con sus Dap-Kings –la formación que había acompañado a la divina Amy Winehouse–, no paró hasta citarse con ella en unos camerinos para confesarle su admiración y rogar que la escuchase. Jones, conmovida, le prometió que ejercería como madrina artística. La invitó a cantar a dúo con motivo de su visita, en 2014, al Price madrileño. A nadie le pasó inadvertida aquella colaboración inesperada con una muchacha de acento jamaicano, presencia escénica indudable y vozarrón imponente.

El resto de esta historia se escribe en Madrid, donde nuestra protagonista firma por la discográfica Tucxone y organiza un poderoso sexteto de acompañamiento, sus adorados The Silverbacks, con músicos locales de largo recorrido. En la capital le sorprendió el confinamiento, justo cuando ella y su banda iban a afrontar su primera gran gira por tierras japonesas. Ya se sabe: nada puede salir del todo bien desde el principio en la biografía de Shirley Davis. Pero denle tiempo. “Me he pasado este año y medio sin cantar ni una sola vez en público. Por eso estoy tan feliz de que haya llegado al fin esta semana. Sigo preocupada por mi familia jamaicana, porque allí continúan con restricciones y sin apenas vacunas. A mi hermano acabo de mandarle un gran paquete con mascarillas, gel hidroalcohólico… y muchas camisetas de los Silverbacks”.

Habrá que acudir a la cita de este sábado, donde encabeza el cartel de la primera edición del festival Alcalá is Black. La víspera, el viernes 19, será el turno de la estadounidense Gisele Jackson y sus Shu Shu’s, además de los alcalaínos Boo Boo Weavils. Al día siguiente, junto a Shirley, también figuran los malagueños Wasabi Cru en funciones de teloneros. Será la ocasión de estrenar algunos de los contenidos de este Mantente adelante, ese disco con el que, en un mundo sin coronavirus, ya llevaríamos unos cuantos meses bailando. “El mismo título”, recapitula Davis, “es un homenaje a Sharon Jones, una expresión que ella utilizaba mucho”. Algo parecido a “No dejes de seguir adelante”, un lema que la propia Shirley Davis puede enarbolar como pocas. “La vida me ha puesto muchas pruebas, pero me siento orgullosa de mí misma después de todo este tiempo. Mi voz ha sido un regalo, una bendición, porque la música es esencial para el alma. Y no digamos la música… alma”. Y remata, tan radiante y comprometida como de costumbre: “Lo único que no deja de sorprenderme es que siempre hablen de mí como una diva. Creo que solo soy una buena cantante; no una diva, que implica ser excelente. Pero, ¡cuidado!, aspiro a convertirme en una de ellas…”.

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