December 8, 2021

Clara Schumann, Margaret Keane y otras artistas geniales que quedaron eclipsadas por la fama de sus parejas

Poseían el talento para triunfar. Pero adolecían de un defecto: eran mujeres. Y fueron eclipsadas por sus parejas, varones y también artistas, que en algún caso las fagocitaron con absoluto descaro. Katie McCabe, escritora y editora irlandesa, reivindica en Más que una musa. Relaciones creativas que eclipsaron a las mujeres (Garbuix Books) a más de una veintena de artistas que, entre mediados del siglo XIX y finales del XX, no brillaron como merecían. El libro es un retrato sociológico que analiza la forma en que la “lente misógina” minusvaloró o ignoró su obra. Y en las ocasiones en que se detuvo para estudiarla lo hizo comparándola con la de su pareja masculina, que, curiosamente, siempre se consideró superior.

Al mirar reseñas antiguas sobre parejas artísticas descubrí que el enfoque tendía a centrarse en cómo las mujeres eran influenciadas por los hombres, rara vez al revés”



Katie McCabeAutora de ‘Más que una musa. Relaciones creativas que eclipsaron a las mujeres’

“Para mí tiene mucho sentido que dos artistas que viven juntos influyan en los estilos del otro de alguna manera, ¿cómo no? Pero al mirar reseñas antiguas descubrí que el enfoque tendía a centrarse en cómo las mujeres eran influenciadas por los hombres, rara vez al revés. Los críticos se mostraban condescendientes con las obras realizadas por mujeres y eso alimentaba también la opinión pública”, explica McCabe para Revista Estilo de vida.

Algunas artistas padecieron crisis de confianza en cuanto se casaron y tuvieron hijos. Se fueron alejando de su actividad artística, agobiadas por la carga de llevar todo el peso del trabajo doméstico. En su interior crecieron las dudas y muchas creyeron que ya habían perdido la chispa creativa de su juventud, por lo que quizás era mejor ayudar a triunfar a su esposo. A Clara Schumann, que estuvo al cargo de sus ocho hijos, le sucedió.

Clara Shcumann (1819-1896), extraordinaria intérprete y compositora, en una foto tomada en 1850

Archivo de imágenes históricas de Granger / Alamy Foto de stock

Clara Schumann

El virtuosismo truncado

Fue una de las compositoras y pianistas más importantes del siglo XIX, pero su boda con Robert Schumann, con quien se casó enamorada, se convirtió en un tapón para su carrera artística, que empezó a los 9 años con conciertos multitudinarios y que apuntaba alto en el ámbito de la composición. Su marido, que se encerraba en casa para componer, la ayudó poco el trabajo doméstico y en el cuidado de los hijos -tuvieron ocho-, por lo que Clara cargó con todo, aunque tuvo la ayuda de dos asistentas. Cuando hacía giras -cada vez menos y más difíciles de organizar, porque no estaba bien visto que una mujer viajara sola-, su marido la acribillaba con cartas en las que le pedía que volviera, supuestamente herido de añoranza. Estas cartas tenían un efecto devastador en ella: “Antes pensaba que poseía talento creativo, pero he abandonado esta idea; una mujer no debe desear componer, nunca ha habido ninguna que fuera capaz de hacerlo. ¿Y se supone que voy a ser yo la que lo consiga? Sería de tal arrogancia creer algo así…”, escribió en su diario en 1839. Aun así compuso piezas magníficas, entre las que destaca Trío de piano. Op. 17, considerada una obra maestra.

“Mirar estas historias nos permite cuestionar lo que podrían haber sido si se les hubieran dado las mismas libertades creativas que a sus compañeros masculinos. Aunque las cosas obviamente han mejorado, todavía tenemos esta discusión sobre la división desigual del trabajo doméstico en la actualidad”. Muchas de ellas, además, no podían estudiar en las academias de Bellas Artes. Y, en el caso de ser admitidas, no podían dibujar cuerpos desnudos.


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La Real Academia de las Artes de Londres, fundada en 1768, no admitió a una estudiante hasta 1860. “A las mujeres se les prohibía el acceso a la formación más importante para cualquier artista: las clases de dibujo del natural. Resultaba impensable exponer a una mujer al desnudo masculino; la única forma en que tenían permitido entrar en una clase de dibujo del natural era ser ellas mismas la modelo desnuda”, explica McCabe en el libro.

Camille Claudel, que quedó ensombrecida por Rodin, en una foto de 1900

Camille Claudel, que quedó ensombrecida por Rodin, en una foto de 1900

Imágenes de Bridgeman

Camille Claudel

La sensualidad en el cincel

El caso de Camille Claudel enerva a McCabe. La escultora de El gran vales, una obra maestra del arte del cincel, fue rechazada por representar con demasiado erotismo la desnudez de unos cuerpos entrelazados: “Su trabajo fue criticado por ser demasiado sensual, cuando su capacidad para traducir esa sensualidad fue clave para su grandeza”, subraya McCabe, para Revista Estilo de vida. Lo que era un ejercicio de virtuosismo en una mujer joven se convertía a ojos de los varones del ramo en un exceso que traspasaba los límites puritanos. Claudel fue autora de esculturas extraordinarias, pero solo fue su maestro (y amante) Rodin quien reicibió las alabanzas de público y crítica. Y a pesar de ello, Claudel “posó para Rodin, pasando largas y extenuantes horas sobre un podio y sacrificando así el tiempo de que disponía para trabajar en sus propias esculturas”, explica McCabe. Cuando la relación fue conocida, solo Claudel pagó con el escarnio público. Su familia la repudió y esta situación, más la ausencia de valoración de su obra, la desestabilizó emocionalmente. Acabó su vida en un manicomio, donde permaneció internada a la fuerza durante treinta años, abandonada por su familia y por Rodin.

“Muchas de las principales escuelas de arte europeas, como la École des Beaux-Arts, no admitieron mujeres hasta finales del siglo XIX, lo que significaba que debían buscar una formación privada, algo que solo era realmente accesible para las mujeres de familias adineradas. Tenemos que preguntarnos cuántas mujeres artistas talentosas y florecientes nunca llegamos a ver, porque no eran ricas”, analiza McCabe.

Fue sorprendente ver cómo ver ciertos movimientos artísticos incluían mujeres y, tan pronto como ganaban notoriedad, se volvían cada vez menos visibles”

También fueron ensombrecidas por los liderazgos masculinos en movimientos artísticos como la Bauhaus o el surrealismo. “Fue sorprendente ver la frecuencia con la que ciertos movimientos artísticos como los antes citados incluían mujeres y, tan pronto como ganaban cierto nivel de notoriedad, sus contribuciones se volvían cada vez menos visibles. Es de nuevo, esa trampa de mirar el mundo a través de una lente misógina, otorgando más “autoridad” al trabajo creado por hombres”.

Los artistas estadounidenses casados ​​Margaret y Walter Keane (1915-2000) pintan juntos uno al lado del otro en su casa, 1965. (Foto de Bill Ray / The LIFE Picture Collection a través de Getty Images)

Margaret y Walter Kean en una foto de 1965. Walter se atribuyó como suya la obra de la que era autora su esposa, que trabajó sin descanso para que él triunfara

Bill Ray

Margaret Keane

Vivir con el marido vampiro

Clama al cielo el caso de Margaret Keane, que permitió que su marido triunfara y firmara los cuadros de figuras “de ojos grandes” que ella pintó durante decenios. Walter Keane siempre presumió de su obra, nunca tuvo unas palabras de elogio para su esposa, que “acabó aislándose, pintando bajo presión, aplastada por el peso de la culpa de su secreto compartido”. Cuantos más años pasaban, más atrapada se sentía Margaret, más difícil se le hacía destapar el secreto. Y a este desasosiego se le sumaban las exigencias de su pareja, que la presionaba para que aumentara la producción pictórica: “Walter alejó a los amigos de ella, de manera que pudiera obligarla a estar todo su tiempo dedicada a la pintura, agrandando el volumen creciente de obras supuestamente suyas. Le daría órdenes para que trabajase sobe diferentes temáticas. Si él salía, llamaba para asegurarse de que ella cumplía con su tarea”. La autora del libro pudo entrevistar en 2019 a Margaret, cuando tenía 92 años y al preguntarle por el momento en el que hizo público su situación, le confesó: “Llegué a darme cuenta de que no podía vivir así más tiempo y de que tenía que revelarlo para sobrevivir y tener algún tipo de dignidad. De otro modo, tampoco podía esperar que mi hija pudiera respetarme, por lo que no tenía alternativa”.

No las ayudó que fueran musas de sus parejas o modelos o sus amantes, porque estas situaciones las relegaron a un papel secundario. Y para rematarlo, “sus obras fueron vistas con frecuencia a través de esa lente misógina que, finalmente, dio más autoridad al trabajo de los hombres. Las obras de los hombres se vieron más, se discutieron más y así, a su vez, se elevaron en la mente de la gente”.

Destacan algunos casos en este libro, como el de Lil Hardin Armstrong –que encabeza la foto de este reportaje–, que lideró su propia banda de jazz, “que compuso algunos de los mejores álbumes de jazz que existen” y que fue la que animó a su segundo marido, Louis Armstrong, “a armarse de valor e intentar tener una carrera en solitario”. Fue su “fuerza motriz”, escribió muchos de sus temas más famosos –al final litigaron por la autoría de Sruttin’with Un poco de barbacoa– y vio cómo su nombre se empequeñecía, mientras el de su segundo marido se agrandaba: “No creía en sí mismo. Así que yo me quedaba abajo sujetando la escalera y viéndole subir”.

Alma Reville, junto al asistente de dirección Bernhard Goetzke, antes de casarse con Alfred Hitchcock en un set

Alma Reville, junto al asistente de dirección Bernhard Goetzke, antes de casarse con Alfred Hitchcock en un set

Everett Collection Inc / Alamy Foto de stock

Alma Reville, que poseía una carrera consolidada como guionista y editora cinematográfica, ayudó, aconsejó y promocionó al entonces desconocido Alfred Hitchcock. El libro está lleno de ejemplos en los que su participación mejoró los filmes del mago del suspense: su opinión fue fundamental para que se incorporara la música de violines chirriantes de Bernard Herrmann a las escenas de la ducha en Psicosis y le ayudó “en más de cincuenta producciones cinematográficas, ejerciendo de ayudante de dirección, guionista y continuista”. Es famosa la frase de Hitchcock cuando opinaba sobre un proyecto, guion o idea que le habían presentado: “A Alma le ha ecantado”.

La reputada artista Jo Nivison Hopper se desvivió para que las galerías se fijaran en un desconocido y poco valorado Edward Hopper. Años después, sus diarios descubrieron “a la artista frustrada que intenta encontrar un espacio para su pintura, llena de resentimiento y enfado hacia su marido insolidario”, que solo pensó en su obra.

Maria Llopis y sus alumnas en una acción en el Museu Picasso denunciando que el pintor era un maltratador

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REDACCIÓN / Terceros

Picasso, el genio maltratador

Katie McCabe no rehuyó en la entrevista para Revista Estilo de vida, hablar de la polémica sobre las acusaciones de maltrato que Picasso infligió a la artista Dora Maar cuando compartieron vida en común. Lo recordaba hace unos meses la protesta feminista que se realizó en el Museu Picasso, en Barcelona, acción que generó una polémica, que no es nueva, sobre si debía separarse la vida privada de la obra artística: “Para mí, el arte nunca puede separarse completamente de su contexto. No creo que nunca puedas separar el arte del artista. No sé mucho sobre la protesta reciente aparte de la información que he leído, pero creo que es positivo que la gente cuestione y debata la forma en que se presenta el arte en las galerías. Son para el público, después de todo, por lo que el público debe tener voz. Creo que, especialmente cuando se trata de Picasso, es muy importante reconocer la forma en que trató a las mujeres en su vida, ya que tiene una relevancia directa en algunas de sus pinturas. En todo caso, nos da una visión mejor y más honesta de su trabajo”.