January 26, 2022

La historia del Marbella Club, uno de los primeros hoteles de lujo de España, fundado por Alfonso de Hohenlohe-Langeburg: excesos, derroche y fiestas memorables con celebrities y royals

La historia del
Marbella Club nace en 1946, cuando el
príncipe Alfonso de Hohenlohe-Langeburg, hijo del
príncipe Maximiliano Egon de Hohenlohe-Langenburg (todo sobre esta familia, aquí) y de María de la Piedad de Yturbe y von Scholtz-Hermensdorff –marquesa de Belvis de las Navas–, a la que todos llamaban Piedita, acompaña a su padre a un viaje por el sur de España. Él tiene 22 años, y su progenitor, el príncipe Maximiliano, quiere
visitar Marbella, con la idea de comprar unos terrenos, donde construir una casa en la que se instale la familia. La sugerencia había partido de Ricardo Soriano Scholtz von Hermensdorff, marqués de Ivanrey, tío de Alfonso.

Los Hohenlohe-Langeburg habían perdido gran parte de sus posesiones en las últimas décadas, desde la I Guerra Mundial, y con lo que se ahorraran en calentar su casa de Madrid podrían comprar un terreno en aquel enclave junto al mar rodeado de pinares y buganvillas.
Tras el primer viaje, el príncipe Maximiliano encarga a su hijo que cierre la compra de la casa. Alfonso la había encontrado:
finca Santa Margarita, plantada de pinos e higueras, donde la familia construyó un bello edificio de estilo andaluz. Para Alfonso, aquella finca se convirtió en su lugar en el mundo, donde vivir toda su vida. Era el «refugio» mediterráneo de la
familia Hohenlohe-Langeburg, y se
convirtió en el hotel Marbella Club en 1954.

Alfonso era un exquisito anfitrión. Recibía numerosos invitados en la finca, en la que disponía de un ala especial para alojarlos. Muchos se quedaban a dormir, y cada vez más, así que decidió levantar 18 habitaciones alrededor de un patio. Nadie entonces pensaba en Marbella en el turismo. La construcción fue aumentando poco a poco hasta pasar de ser una
residencia privada a un exclusivo club de cinco estrellas. El Marbella Club Hotel original empezó con diez habitaciones en un ala, ocho en la otra, una más en la torre y una suite además de un salón, un comedor y un bar en la parte central de la vieja casa reformada.
Era para Alfonso Hohenlohe «un pequeño paraíso sobre la Tierra». La fórmula que le convirtió en el promotor de más éxito de la época en un pequeño pueblo de pescadores y en el anfitrión más afamado de los cincuenta y sesenta era «privacidad y jardines».

La princesa Ann Mari Von Bismark con Rudolf Graf en el Marbella Club en 1971, Gtres.

El príncipe empezó entonces a viajar por toda Europa para promocionar su hotel y contrató a su primo, el conde
Rudolf von Shönburg, casado con la princesa
María Luisa de Prusia, para que encabezara la gestión del negocio. El conde Rudolf, conocido como Rudi, pertenecía a una familia noble alemana que había perdido sus posesiones con la II Guerra Mundial y que se había refugiado en el sureste de Alemania, en la zona francesa. Dos hermanas del padre les acogieron. El marido de una de ellas, Max zu Furstenberg, se convirtió en su tutor. El conde se puso a trabajar y escogió la hostelería, su gran vocación. Entonces, su tío le costeó la mejor escuela de hostelería del mundo, la de Lausanne, en Suiza.

Rudolf empezó su carrera trabajando en algunos de los hoteles en los que había sido huésped años atrás. Primero fue camarero en el Palace Hotel de St. Moritz. Más tarde, pinche de cocina en el Beau Rivage, en Ginebra, y finalmente ejerció de recepcionista en el Vier Jahreszeiten de Hamburgo. Fue en este hotel en el que se encontró con su primo, el
príncipe Alfonso de Hohenlohe, en uno de esos viajes que él hacía por Europa para dar a conocer su hotel, y donde nació la colaboración que cambió la hostelería de lujo en Europa.

El
conde Rudolf llegó a Marbella a mediados de los años 50. El jardín de la finca llegaba entonces hasta la orilla del mar y en él Alfonso, que había estudiado ingeniería agrícola en Estados Unidos, había plantado palmeras, césped de México y plantas tropicales. Alfonso y Rudi establecieron un acuerdo de colaboración de dos años. Rudi debía trabajar junto con el director del club, Fernando Foulatier, que administraba los bienes de Alfonso. En 1959, decidió fundar otro club parecido en México, y decidió que Rudolf fuera el director, pero Fernando Foulatier tenía mala salud, así que decidió que Rudi regresase y ocupase el cargo de dirección. Estuvo en él entre 1961 y 1983.

El actory playboy Gunter Sachs en el Marbella Club, 1968. Gtres.

El
éxito del Marbella Club le debió mucho a la agenda de Alfonso de Hohenlohe, que comprendía desde la
aristocracia europea a las estrellas de Hollywood. Muchos se olvidaron de la Costa Azul francesa. Brigitte Bardot, Gunther Sachs, Audrey Hepburn, Ava Gardner, Grace Kelly, Antonio el Bailarín, Elizabeth Taylor, Julio Iglesias, Kim Novak, Liza Minelli, James Stewart o Sean Connery se convirtieron en asiduos. También los reyes de Suecia y
Don Juan Carlos y su padre, Don Juan, estuvieron entre sus huéspedes.

Se celebraban hasta tres fiestas semanales. Lo más era andar descalzo por las instalaciones. Y nadie tenía miedo de los «paparazzi». La exclusividad de una playa virgen y la discreción era en lo que se basaba aquel lujo auténtico, sin exhibicionismo. Hubertus de Hohenlohe, hijo de Alfonso, se encarga hoy de organizar fiestas todas las semanas y recuperar aquel viejo espíritu. En la época dorada del Marbella Club, todos los huéspedes tenían a su disposición a más de 500 personas, la plantilla más numerosa del hotel.

Hoy el entorno ha cambiado por completo, debido a la especulación inmobiliaria de la época de Jesús Gil, pero dentro de sus jardines, la vida sigue siendo paradisíaca en el
Marbela Club. Artistas y grandes fortunas han vuelto a mezclarse, tras su renovación (hoy la propiedad está en manos de la familia Shamoon): Lady Gaga, Cristiano Ronaldo, Lenny Kravitz o Valeria Mazza ha frecuentado sus instalaciones. Sus 130 habitaciones (entre los 3.000 y los 5.000 euros) y 17 villas de entre dos y seis habitaciones, han puesto al día su antiguo esplendor, con dos piscinas, seis bares, un «beach club», un spa, un gimnasio… y 50 hectáreas de esos jardines que siguen siendo su gran tesoro.

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