January 27, 2022

Las batallas en el desierto: una novela de educación

Año 15, número 193.

De tono realista y escrita a modo de memoria, el tema central de esta novela corta es el amor y la sexualidad incipientes

Martín Aguayo Rivera

Escrita desde la nostalgia hace más de cuarenta años, Las batallas en el desierto, cuya
autoría corresponde al escritor mexicano José Emilio Pacheco, fue publicada por
primera vez en el periódico Unomásuno
en 1980. De tono realista y escrita a modo de memoria, el tema central de esta
novela corta es el amor y la sexualidad incipientes. La historia fue adaptada al
cine por Alberto Isaac en 1986, y al teatro por Verónica Maldonado y Ghalí
Martínez en 2011; sirvió, además, como cimiento para el disco Las batallas de Café Tacvba. Actualmente,
la Editorial Era es la encargada de publicar y difundir la novela, junto con la
obra completa del autor.

Carlos, el niño protagonista de esta historia, se enamora de Mariana,
madre de uno de sus compañeros. Lectoras y lectores somos testigos del viaje que el protagonista
emprende en busca de satisfacer su deseo, el cual no es explícito: ¿qué era lo
que en verdad quería Carlos?, al final recibe un beso de Mariana —o mejor
dicho, un casi beso— pero, ¿en verdad eso quería? o, al contrario, ¿quería
simplemente confesar su amor? Al final, lo que en realidad importa no es lo que
consigue, sino lo que aprendió. ¿Es, pues, Las
batallas en el desierto
, una novela de educación?

En palabras del crítico literario Mijaíl Bajtín el subgénero de la novela de educación se divide a su vez en cinco categorías. En la primera de ellas los conflictos que atraviesa el héroe marcan su destino, cambian su estatus económico y social, pero no su psique; esto es, los cambios se dan fuera pero no dentro. El héroe es un punto inmóvil, rodeado de un entorno altamente variable pero que no lo afecta. Si bien es cierto que Carlos, al principio de la novela, es un niño de clase media-baja y al final, su estatus cambia al de la clase alta, muchos son los motivos por los que se puede asegurar que Las batallas en el desierto no corresponde a esta categoría, a saber: Carlos no es un punto constante, sufre una confusa fluctuación de pensamientos y emociones luego de su declaración de amor. Atraviesa por la religión y el psiquiatra, por la reflexión interna, para luego darse cuenta de que en realidad no hizo nada malo.

En el segundo
subgénero, llamado novela de desarrollo
del hombre
, tanto el protagonista como el entorno son entidades variables y
la transformación del héroe es imprescindible para la historia. Bajtín señala
que este tipo de novela está marcada por un carácter cíclico y en general se
observan las tres edades del héroe. Este detalle hace imposible la relación: el
narrador, que es al mismo tiempo protagonista, de Las batallas en el desierto refiere la historia de su yo pasado. La
historia de un niño que atraviesa el engorroso camino hacia la adolescencia. Pero
más allá no hay nada: no refiere adultez ni vejez.

El tercer tipo de
novela de educación es el biográfico y autobiográfico. El tiempo ya no es
cíclico y vida y destino se funden con el desarrollo del protagonista. La
relación de nuestro objeto de estudio con esta tipificación novelística se da
más que con las otras dos, pero en Las
batallas en el desierto
no solamente importa el desarrollo del héroe, sino
también del espacio, como veremos más adelante.

El cuarto tipo de novela
es el más alejado de la que motiva el presente texto. De características
puramente didáctico-pedagógicas, este tipo de novela gira en torno a un proceso
educativo, planteando de tal suerte, una idea pedagógica que puede o no ser
explícita pero es sobre la cual está sustentada la historia. Algo ajeno en Las batallas en el desierto, cuyo
propósito genuino no es en ningún momento la educación de quien lee.

El quinto tipo de
novela de educación es el más afín con nuestra novela. En este, el desarrollo histórico
y el héroe están directamente relacionados. 
Para Bajtín, en los otros cuatro tipos de novela “El hombre se iba
desarrollando, el mundo no; el mundo por el contrario, era un inmóvil punto de
referencia para el hombre en proceso de desarrollo”. Carlos se desarrolla junto
con su mundo. No está situado en una época, sino en el límite entre dos épocas.
Los dos primeros capítulos de la novela son pura nostalgia. Vemos en ellos la
descripción de un “mundo antiguo”: los programas de radio, las lecturas, los
coches que circulaban por aquellas calles. Descripción que sirve como fotografía
de la capital mexicana de esa época: los gustos, las aficiones, el estatus económico,
cultural y social de un México que aún intentaba reponerse de los embistes de
la Revolución Mexicana y la Guerra Cristera. Fotografía de un México en cuyos
radios sonaban “Sin ti”, “La rondalla”, “La burrita”, “La Múcura” y “Amorcito
corazón”. Un México al que apenas llegaban los ecos del idioma vecino, traídos
por las películas de Tin Tan: “tenquíu, oquéi, uasamara, sherap, sorry, uan
móment pliis”.

Es este último punto,
donde los cambios del devenir histórico se vuelven evidentes: en el núcleo de
la familia de Carlos, el único que desde un inicio tiene cierta noción del
inglés es el padre. Pero más tarde, cerca del final, el papá lee el idioma sin
problemas; una de las hermanas de Carlos se recibe de secretaria en inglés y
español; Héctor, el hermano mayor, dirige una empresa transnacional, lo que
implica conocimiento del idioma, e incluso el mismo Carlos, a quien al final lo
vemos con un ejemplar en inglés de Perry Manson. Probablemente el gesto más
ilustrativo al respecto se da cerca del final de la novela: Carlos se encuentra
con Rosales, lo invita a comer, y en la sinfonola del establecimiento termina
“La Múcura” e inicia “Riders in the Sky”. La incipiente sustitución lingüística,
el libro de Perry Manson, la canción de Johnny Cash y la posterior mudanza de
la familia a New York  son pruebas claras
del estado de sitio entre dos épocas y dos mundos diferentes.

Ahora bien, el espacio físico
sufre también un cambio: el edificio donde vivían Mariana y Jim, la escuela a
la que asistía Carlos, su casa y en suma todas las casas y edificios de la
colonia Roma fueron demolidas. Los espacios donde alguna vez tuvo lugar esta
historia se convirtieron en escombros. El “mundo antiguo” vuelto polvo de
desierto, el sitio ideal para cimentar un mundo nuevo.

En el centro de esta
transición espacial y cultural, Carlos vive su propio punto de quiebre: escapa
de la escuela y corre en busca de Mariana para confesarle su amor. Ya en el
departamento y al fin habiéndose lo dicho, recibe la negativa. ¿Qué otra cosa
podía recibir? La
diferencia de edad entre estos dos personajes es la fuerza antagónica por la cual
el protagonista no consigue satisfacer su deseo. Y es justamente este detalle —el amor no
consumado— lo que hace de esta una historia memorable.

Al final, luego de que
Rosales le contara del presumible suicidio de Mariana, Carlos corre al
departamento donde confesó su amor, toca el timbre y la realidad le abre la
puerta: Mariana no está. Llama a todas las puertas del edificio, pregunta al portero:
busca en los escombros su yo del pasado, pero no encuentra más que ruinas. Acá,
el aprendizaje del héroe es que a nadie le importa que todo aquello haya
terminado. A nadie le importa la muerte de Mariana. A nadie más que a él. Y
entiende que el paso del tiempo arrasa con todo.

Este conjunto de
cambios muestran que Las batallas en el
desierto
es, en efecto, una novela de educación, y más específicamente una novela realista de desarrollo que es
como la llamaba Bajtín. Hecho que, cabe aclarar, no la desvincula con las otras
tipologías de novela de educación, dado que hay características puntuales en la
novela que se pueden estudiar mediante tales premisas: a saber, el ocasional
vagabundeo de Carlos entre las calles de la ciudad de México; el tono
humorístico en algunos pasajes de la novela, cosa que la acerca a la rama humorística de la novela de desarrollo
del hombre
, entre otras.

Escrita desde hace ya más de cuarenta años, Las batallas del desierto se sitúa, pues, dentro de “las grandes novelas del realismo”. Somos testigos, mediante esa sinergia creada entre el devenir del héroe y el devenir histórico de la novela, del derrumbe de una ciudad que ya no le pertenece al héroe, ni a nadie de ese mundo, y que se ha convertido solamente en la ciudad de la nostalgia.

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