January 18, 2022

plegarias inéditas de John Coltrane

Pocos discos han recibido mayor atención, documentales, tratados y ensayos y un largo etcétera, como Un amor supremo de John Coltrane (casi a la par de ese otro disco bisagra del jazz, Tipo de azul, de Miles Davis). Y más allá del jazz, el álbum, una suite en cuatro partes, se convirtió en un favorito de músicos como The Doors, The Byrds, Carlos Santana (que grabó una versión con el guitarrista John McLauglin), U2 (que lo menciona en su canción “Angel of Harlem). Especialmente para los músicos de los 60, se convirtió en un objeto que integraba por partes iguales espiritualidad e improvisación. Casi una religión.

Según Alice Coltrane, segunda esposa y pianista del coloso del saxo, su marido se encerró dos semanas en el altillo de su casa y luego “bajó las escaleras como si fuera Moises descendiendo de las montañas, con todo el disco preparado”. Grabar esa obra maestra le llevaría a Coltrane sólo tres horas. Lo hizo en los estudios de su ingeniero de sonido favorito (y acaso el más famoso del jazz), Rudy Van Gelder. Y lo acompañaba su cuarteto del momento, que sería con el tiempo no “un” sino “el” cuarteto para la eternidad, dentro del jazz: el que integraba junto a los asombrosos McCoy Tyner, Jimmy Garrison y Elvin Jones.

Coltrane pensó y plasmó el disco como una plegaria y agradecimiento a dios y al mundo, una suerte de traducción instrumental y musical de un poema en verso blanco que contiene hasta el día de hoy cualquiera de sus ediciones en vinilo o CD. En ella se repite hasta el final “Thank you god. Amen”. La suite está compuesta de sólo cuatro composiciones: “Acknowledgement” (reconocimiento), “Resolution” (resolución), “Pursuance” (búsqueda) y “Psalm” (salmo). A Love Supreme es jazz avant-garde, música afiebrada y free de sábado por la noche y de iglesia el domingo por la mañana, que tenía en Coltrane a su gran predicador. Su voz, para sorpresa de los oyentes, se escucha hacia el final de la primera composición: el verso “A love supreme, a love supreme…”.

Pero a pesar del éxito comercial (siendo un disco de vanguardia) en todas las generaciones, el disco no fue interpretado muchas veces. Coltrane siempre estaba, como el disco de su amigo Miles Davis, miles ahead. O sea, pensando “millas más allá”. Y desafiaba al tiempo, como su propio disco Giant Steps, con pasos agigantados. Un breve repaso a su discografía podrá comprobar que en apenas dos años Coltrane podía trasladarse de duetos clasisistas con Duke Ellington, exquisitos y románticos con el crooner Johnny Hartman (el magnífico disco de standards John Coltrane y Johnny Hartmann), hacia la exuberancia plácida del álbum Creciente o sus versiones de clásicos pop del momento como “Chim Chim Cheree” de Mary Poppins.

Pero a partir de la partícula de dios que encontró en Un amor supremo, el núcleo de la música de Coltrane haría fisión para siempre. El saxofonista se fue alejando progresivamente (en el doble sentido de una música que se amplía y de una despedida paulatina) de su cuarteto “clásico” para acelerar su búsqueda espiritual. Llegaron discos cada vez más complejos en los que aumentaría su grupo, convirtiéndolo casi en una orquesta como en Ascenso, o reduciéndolo a un dueto de percusión y saxo, como en el intenso, atómico y concentrado Espacio interestelar.

Por eso este nuevo A Love Supreme: Live in Seattle aterriza como un nuevo planeta Coltrane, intermedio entre aquellos dos mundos ultrasónicos. El saxofonista tocó el disco completo en el club The Penthouse de Seattle el 2 de octubre de 1965. A su cuarteto se sumaron Pharoah Sanders en saxo tenor y percusión, Carlos Ward en saxo alto y Donald Rafael Garrett en contrabajo. Es un extraño septeto de dos contrabajos y tres instrumentos de viento que supera con creces al que hasta ahora era el único registro en vivo de este disco: en vivo en Antibes, Francia.

Y es que esta grabación no es la “segunda” de aquella, sino que es más bien su expresión al cuadrado. Su versión en realidad aumentada, su primera comunión: un disco de 75 minutos que casi triplica la duración del álbum de estudio y que incluye interludios entre las piezas con improvisaciones de contrabajo y solos de batería con toda la potencia multitasking (tocar todo a la vez) de Elvin Jones.

No sólo es sorprendente escuchar una versión “Acknowledgement” de 22 minutos, sino que también lo es la “cruzada” entre dos contrabajos, uno con arco y el otro con la mano. Y si bien es cierto, como notan algunas reseñas, que por momentos se pierde levemente el tifón de Coltrane o el detalle de alguno de los contrabajos, nada arruina el que seguramente será uno de los discos (¿de jazz o de música a secas?) del año. Acaso si carece de la calidad de una grabación de estudio, mejor: el jazz, más que ningún género, es un plato que se sirve caliente y en vivo.

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